Iglesia Evangélica Metodista de Martínez

Pastores: Arne Clausen y Marcelo Mondini.

Creemos en Jesús como Señor y Salvador.

 

Cartas Pastorales

“Vayan y aprendan lo que significa “Misericordia quiero, y no sacrificio”
                                                     Del Evangelio de Mateo 9:13 (RVC)

  

A 501 años de la reforma protestante…

 

Al pensar en la Reforma Protestante y en su impacto se suelen señalar las 95 tesis y otros temas abordados por Martin Lutero. Nosotros queremos subrayar su pregunta: ¿Cuándo encontraré un Dios misericordioso?  Porque eso lo inquietaba en la profundidad de su vida y  se convertiría en el impulso que iba a  sostener toda su  obra. Esta es la interrogante que surge de su experiencia personal en la búsqueda de un Dios generoso,  tamizando toda su mirada y todas sus proclamas.

 En el sustrato de la Reforma descubrimos que el corazón de Dios es la bondad, la misericordia y la gracia. Y no un Dios juez  pesando en su balanza las virtudes humanas.

 La convicción de que Dios es amor se impondrá para enfrentarse a la teología nominalista y escolástica de la época, rígida y dogmática.  Y va a poner de manifiesto la trascendencia de la gratuidad, de la gracia, en la relación con Dios.

Juan Calvino desde Ginebra afirmará que lo que realmente importa es presenciar el rostro bondadoso de Dios: “Si tenemos la menor chispa de la luz de Dios, que nos descubre su misericordia, somos suficientemente iluminados para tener una firme seguridad”.

 Para el protestantismo, la relación con la misericordia de Dios es fundante de una experiencia de liberación y reconciliación. A partir de aquí -y fruto de la acción del Espíritu- la misericordia tendrá su correlato en el compromiso con una época en la búsqueda de una ética de igualdad, justicia y paz.

Repensar la Reforma hoy como un proceso abierto es una invitación a una reforma permanente, que mira críticamente al igual que antaño la integralidad de la vida en todas sus dimensiones constitutivas.

Hoy los paradigmas de la modernidad y de la posmodernidad están en crisis, y lo que reflejan es la crisis de un tipo de civilización. Se nos impone y tenemos que trabajar una nueva visión del ser humano, del mundo y de Dios.

Necesitamos comprometernos con la misericordia de Dios, para no ser cómplices de ningún tipo de atrocidad ante los migrantes y refugiados, ante la exclusión social o ante todo tipos de discriminación, frutos de una lógica de construcción que sigue perdiendo todo rostro de humanidad.

Lutero encontró al Dios de la misericordia, hizo de Él su bandera en el compromiso por la libertad, y por eso fue muy crítico de la especulación financiera, del endeudamiento como sistema de dependencia y del abuso en el intercambio comercial.

La reforma protestante se sigue abriendo paso como un proceso en marcha, no acabado. ¡Que Dios nos bendiga en este largo y desafiante camino que tenemos para transitar en nuestra América Latina!

Para reformar hay que protestar, protestar desde los postulados del Evangelio. ¡Que Dios nos fortalezca en esta protesta por la vida, por la gracia de Dios, por la libertad  y por la dignidad de todo ser humano!

¡Y que el Espíritu de Jesús nos conceda entrañas de misericordia, que nos desinstalen de nuestras comodidades y nos animen a trabajar por un mundo más justo e igualitario para nuestros pueblos! ¡Y volvamos a creer en lo transformador de la ternura y del amor!  Que así sea, amén.

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina

“Si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos vive en ustedes, el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que vive en ustedes.”
                                                   Carta a los Romanos 8:11, Nueva Versión Internacional

  

El Espíritu habita los cuerpos y hace habitable los espacios con una nueva luminosidad. Cuerpos diversos y contradictorios, bellos y frágiles, sanos y enfermos son visitados por el Espíritu de vida. Esta vida la llevamos en ollas  de barro para mostrar que este tesoro tan grande viene de Dios y no de nosotros, como nos recuerda el Apóstol en una de sus cartas. [1]

Somos cuerpos y en él vivenciamos el dolor, la alegría y el disciplinamiento, el placer, el hambre y la sed; el cuerpo es nuestro ámbito de maldición o bendición. La teóloga brasileña Ivone Gebara afirma que “el cuerpo es el punto de partida de la teología.”

Es en nuestro cuerpo donde reproducimos el modelo de construcción social tantas veces piramidal y jerárquico, donde hay cuerpos que valen más que otros, donde algunos son menos valiosos, prescindibles o descartables.

La iglesia que hace misión vive en su cuerpo el poder del Espíritu de Dios que trae vida, ¡y vida en abundancia!  Y al ser habitados por el Espíritu de Dios descubrimos  un cuerpo muchas veces domesticado y castigado, con historias de libertad y de abrazo, de sufrimiento y de dolor.

La vida recibida del mismísimo Dios de Jesucristo provoca un acto de liberación en  nosotros, haciendo posible habitar un nuevo tiempo y un nuevo proyecto de fe y de esperanza, de plenitud y alegría para estos cuerpos mortales.

Vivir en el poder del Espíritu, en el Espíritu de Jesús, es vivenciar una fuerza de vida que nos humaniza. De modo que la vida se hace placentera y llena de energía, haciéndonos sentir, pensar, actuar  y hablar desde Dios y desde su proyecto: el reino se ha acercado, el Reino de Dios está entre nosotros,[2] entre nuestros cuerpos.

Vivir en conformidad con el Espíritu es descubrir en nosotros al Dios que realiza lo que la ley de preceptos y mandamientos no pudo realizar: dar nueva vida a nuestros cuerpos y hacerlo en abundancia. El Espíritu Santo sopla para que Cristo sea formado y conformado en los creyentes [3]. El Espíritu que habita en nosotros hace impotentes los propios deseos negativos de la existencia anterior, que tienden a la muerte.

Dios quiere renovarnos a su imagen –la imagen  de un Dios santo y amoroso–, y esta renovación abarca nuestra comprensión de Dios y nuestra práctica de la fe, así como la realidad espiritual de la presencia transformadora de Dios en nuestras vidas. El resucitado transforma hasta lo más inalcanzable, llegando a ser nuestros cuerpos “ofrenda viva, santa y agradable a Dios” [4].

El Espíritu de Jesús hace posible “hacer de la interrupción un camino nuevo, hacer de la caída un paso de danza, del miedo, una escalera, del sueño, un puente, de la búsqueda…, un encuentro”. [5]  ¡Sí, un encuentro con el Dios de la vida!

Hermandad  y pueblo amado, afirmemos nuestras espaldas agobiadas,  elevando al Señor corazones y cuerpos, declarando una vez más que lo mejor de todo es que Dios está con nosotros.

 

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina

  

[1] 2 Corintios 4:7.
[2] Lucas 17:9, 21.
[3] Gálatas 4:19.
[4] Romanos 12:2
[5] Fragmento de Fernando Pessoa.

“Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.”

Evangelio de Lucas 16:13.

Muchas son las voces que se levantan para afirmar que el estilo de vida globalizado actualmente vigente ha entrado en crisis. El paradigma que guía a la actual civilización es el paradigma de la acumulación y la conquista, y ha llegado a su fin.

Según la ONG Oxfam Intermon, desde el año 2015 el 1% más rico de la población mundial, posee más riqueza que el resto del planeta. Y también afirma que en la actualidad ocho personas (ocho hombres, en realidad) poseen la misma riqueza que 3.600 millones de personas, es decir media humanidad.

Todo está teñido por un modelo de economía globalizada, de acumulación ilimitada y de conquista agresiva en beneficio de las personas más ricas. Las grandes empresas son implacables, reduciendo los costos de mano de obra en todo el mundo, incrementando así la desigualdad.

El Consejo Mundial de Iglesias, en su documento Juntos por la vida afirma: “Vivimos en un mundo en el que la fe en Mamón, el rey dinero, amenaza la credibilidad del Evangelio. La ideología del mercado difunde la creencia de que el mercado global salvará al mundo mediante un crecimiento ilimitado. Este mito es una amenaza no solo para la vida económica sino también para la vida espiritual de las personas, aunque no sólo la vida de la humanidad sino también de toda la creación...”

Este modelo es caracterizado de modo sencillo y profundo en el libro El Principito. “El hombre de negocios contaba estrellas y el Principito le preguntó:

—     ¿Y para qué te sirve poseer las estrellas?

—     Me sirve para ser rico.

—     ¿Y para qué te sirve ser rico?

—     Para comprar otras estrellas, si alguien las encuentra.”

El gobierno del hombre por el capital, el gobierno del corazón humano por la faz económica, queda perfectamente graficado en el diálogo del Principito. La globalización económica ha reemplazado al Dios de la vida por el dios dinero, generando miseria y sufrimiento al ser humano y a la tierra toda.

Somos desafiados a alejarnos de la injusticia creando espacios de solidaridad, justicia, comunión y ternura. Recuperar la fuerza del corazón, que es el deseo profundo de transitar caminos y horizontes de vida plena como respuesta fiel al llamado de Dios.

Quien es atrapado por este amor supera limitaciones y faltas de camino. Y es habitado por la fuerza tierna del Espíritu comprendiendo la dimensión profética de la justicia y el amor de Dios.

Estamos frente a un siglo en extremo contradictorio, inseguro y crítico. Tiempo en que debemos elegir un nuevo horizonte de vida. Elegir a Dios con dulzura, alegría y esperanza frente al dios del mercado,  es la propuesta del Evangelio de Jesús.

Desde Jesús, tenemos y proponemos una nueva visión del ser humano, del mundo y de Dios. Y la vemos más allá de las olas de esta crisis civilizatoria en la que estamos inmersos y que tiene dimensiones económicas, sociales, ambientales, políticas, de valores, sin precedentes en nuestra historia.

Hay esperanza de otro mundo posible, y estos versos del poema “Atrapados” de Don Federico Pagura nos ayudan a afirmar que se puede romper el encierro poniendo en práctica el anuncio del profeta Miqueas.

 

¡Ay qué será del mundo, Señor,

en estas horas

y en los tiempos futuros, Señor,

que se avisoran!

¿Abrirá sus oídos

la humanidad presente

para escuchar las notas

de tu amor que no miente,

y que dice en el grito

de antigua profecía:

“Ya te lo ha dicho Dios, una y mil veces,

hombre y mujer, sus hijos, los humanos,

lo que quiere de ustedes, simplemente,

es que hagan justicia a sus hermanos,

que sean fieles a pobres y afligidos

y que al Creador escuchen y obedezcan

con amor no fingido, humildemente”?

 

Amada hermandad, vamos, que el aliento vivificador del Espíritu nos sostiene para poner fin a la violencia, la indiferencia, el individualismo y a un modelo de acumulación y concentración voraz de los recursos de la humanidad.

 El aliento vivificador del Espíritu de Dios nos impulsa para ser caminantes de paz y solidaridad, comunitariamente y compartiendo siempre el pan de la mesa y el pan del amor.

 

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina

 

 

“Sean hospitalarios los unos para con los otros, sin murmuraciones”
Primera carta de Pedro 4:9

 La palabra griega “hospitalidad” (philoxenon) no indica el amor por los extraños o extranjeros en sí mismos, sino poder disfrutar de la relación huésped/anfitrión. El placer de dar y recibir de quienes participan del intercambio se fortalece en la esperanza de que Dios mismo está en medio de la relación de hospitalidad.

Darse uno mismo al cuidado del pueblo de Dios significa compartir la vida del hogar con otros. Un hogar abierto es señal de un corazón abierto y de un espíritu amoroso. De alguna manera la hospitalidad está reñida con la xenofobia, el odio a la persona extranjera y al que es diferente.

Construir comunidades hospitalarias es un gran desafío en el presente tiempo, en un mundo violento, frío y calculador. Levantar comunidades que hospeden, que creen un espacio seguro y acogedor en donde descubrir la humanidad, la dignidad, la ternura y la alegría. Con ello creamos oportunidades para las relaciones es vital y por ello es resistir y no acomodarse al tiempo presente.

El tema de la hospitalidad resulta crucial para la vida de cualquier iglesia, pero con mucha frecuencia entra en crisis cuando la hospitalidad que profesamos requiere la inclusión de quienes son de afuera, extraños o diferentes.

Byung-Chul Han –en su ensayo “La expulsión de lo distinto”– afirma que “la política de lo bello es la política de la hospitalidad. La xenofobia es odio y es fea. Es la expresión de la falta de razón universal, un indicio de que la sociedad todavía se encuentra en un estado irreconciliado. El grado civilizatorio de una sociedad se puede medir justamente en función de su hospitalidad, es más, en función de su amabilidad. Reconciliación significa amabilidad.”

“No me diste agua para los pies…, no me diste el beso…, no ungiste mi cabeza con aceite” es lo que Jesús le va a reclamar a Simón el fariseo. Simón no se preocupa por hospedar ni por tratar amablemente al forastero que habita en Jesús. “Anduve como forastero, y me dieron alojamiento”, dirá Jesús agradeciendo por cada visitante recibido.

En la sociedad del miedo y del odio resulta urgente afirmar modelos de construcción que tengan que ver con hospedar al otro, ya que cuando este se extingue uno se ahoga en sí mismo.

No se puede construir el mundo sin la otra o el otro. El Jesús de los caminantes de Emaús nos anima a recibirnos, porque en ese encuentro vivimos la comunión más profunda y luminosa.

 

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina

 

 

Del desaliento y la tristeza a la alegría del testimonio

Los discípulos regresaron a su casa, pero María se quedó afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro, y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies.

― ¿Por qué lloras, mujer? —le preguntaron los ángeles.

― Es que se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto —les respondió.

Apenas dijo esto, volvió la mirada y allí vio a Jesús de pie, aunque no sabía que era él. Jesús le dijo:

― ¿Por qué lloras, mujer? ¿A quién buscas?

Ella, pensando que se trataba del que cuidaba el huerto, le dijo:

― Señor, si usted se lo ha llevado, dígame dónde lo ha puesto, y yo iré por él.

― María— le dijo Jesús.

Ella se volvió y exclamó:

― ¡Raboni! (que en arameo significa: Maestro).

― Suéltame, porque todavía no he vuelto al Padre. Ve más bien a mis hermanos y diles: “Vuelvo a mi Padre, que es Padre de ustedes; a mi Dios, que es Dios de ustedes”.

María Magdalena fue a darles la noticia a los discípulos. «¡He visto al Señor!», exclamaba, y les contaba lo que él le había dicho.

Evangelio de Juan 20.10-18.

Un viejo dicho de la cultura popular dice “me volvió el alma al cuerpo” con el significado del encuentro con aquello que se nos había perdido. Frente a un suceso muy fuerte, la vida queda como escindida, partida, sin sentido ante la falta de aquello que le daba razón de vivir. Ahora, cuando volvemos a respirar con alivio, decimos “me volvió el alma…”

María la de Magdala estaba absolutamente quebrada, con una profunda tristeza y buscando la vida en el lugar equivocado. Su carga era tan pesada que sólo podía mirar en el lugar de lo marchito. Buscaba un cuerpo, pero muerto.

¿Cómo encontrar o descubrir la vida en medio de tanta muerte? Todo parece indicar que ni siquiera se planteaba la búsqueda de la vida. Se encontraba atrapada en los tentáculos del miedo, la angustia, la desolación. No podía sino tan sólo llorar y llorar…

¿Cómo encontrar aquello que se ha perdido? ¿Cómo devolverle el alma al cuerpo?

Y acaso, ¿no es la pregunta en estos tiempos? En la perplejidad de ver cómo somos empujados hacia la telaraña del miedo, el desánimo, el escepticismo, la desesperanza, la falta de sentido. Ante esta realidad muchos sienten que “no se puede hacer nada”, cayendo así en un inmovilismo que se parece mucho a la muerte en vida.

Pero algo sucede con María la de Magdala. Una experiencia inusitada se apodera de ella: la del Resucitado, quien le llena con una esperanza viva. Dirá el teólogo y pastor Dietrich Bonhoeffer:

 “Sólo cuando se ama tanto la vida y la tierra, que con ella todo aparece acabado y perdido, nos está permitido creer en la resurrección de los muertos y en un nuevo mundo”.

A María alguien la conoce por su nombre. Y escuchando esta voz puede responder, darse cuenta y descubrir la presencia del Dios vivo en medio de su dolor. Este encuentro le va a permitir salir de su estado de desolación y de las ruinas circulares que la tienen atormentada y atrapada.

El reconocimiento de esta voz que la libera conlleva un llamado al seguimiento: ir en búsqueda de aquellos que se encuentran en la situación de la cual ella ha sido liberada. Es la llamada a salir de su situación de inmovilismo para ir al encuentro de los otros y otras…

María Magdalena se pone en marcha y da testimonio gozoso de su encuentro personal con el Señor: “Rabuni, Señor mío”. María va a corroborar que Dios gana visibilidad y presencia en el cuerpo resucitado de Jesucristo y esta experiencia profunda le dará nuevamente las ganas de vivir y reír.

Es esta experiencia transformadora la que ha de llevarnos al anuncio: comunicar dónde está la vida, la Buena Noticia: ¡El Señor Resucitó!

Esta esperanza de la Resurrección de los muertos exorciza todo proyecto de muerte. Es una invocación a la alegría y a la belleza, para luchar mejor por la vida nueva y plena. El poder de la Resurrección le ha abierto las puertas de par en par a los cuerpos. Rubén Alves se pregunta sobre esta realidad:

“Pero ¿habrá algo más importante? ¿Habrá cosa más bella? Él es como un jardín, donde crecen flores y frutos… Crece la risa, la generosidad, la compasión, el deseo de luchar, la esperanza; la gana de plantar jardines, de gestar hijos, de darse las manos y pasear, de conocer…”

¡El Señor Resucitó! Y con ello los cuerpos se hacen semillas que fecundan la historia para que nazca el futuro. Que en estas pascuas reafirmemos como iglesia la vocación inquebrantable de ser testigos alegres de la vida que hay en Jesús. 

 

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina