Iglesia Evangélica Metodista de Martínez

Pastores: Arne Clausen y Marcelo Mondini.

Creemos en Jesús como Señor y Salvador.

 

Cartas Pastorales

 “Sean hospitalarios los unos para con los otros, sin murmuraciones”
Primera carta de Pedro 4:9

 

La palabra griega “hospitalidad” (philoxenon) no indica el amor por los extraños o extranjeros en sí mismos, sino poder disfrutar de la relación huésped/anfitrión. El placer de dar y recibir de quienes participan del intercambio se fortalece en la esperanza de que Dios mismo está en medio de la relación de hospitalidad.

 

Darse uno mismo al cuidado del pueblo de Dios significa compartir la vida del hogar con otros. Un hogar abierto es señal de un corazón abierto y de un espíritu amoroso. De alguna manera la hospitalidad está reñida con la xenofobia, el odio a la persona extranjera y al que es diferente.

 

Construir comunidades hospitalarias es un gran desafío en el presente tiempo, en un mundo violento, frío y calculador. Levantar comunidades que hospeden, que creen un espacio seguro y acogedor en donde descubrir la humanidad, la dignidad, la ternura y la alegría. Con ello creamos oportunidades para las relaciones es vital y por ello es resistir y no acomodarse al tiempo presente.

 

El tema de la hospitalidad resulta crucial para la vida de cualquier iglesia, pero con mucha frecuencia entra en crisis cuando la hospitalidad que profesamos requiere la inclusión de quienes son de afuera, extraños o diferentes.

 

Byung-Chul Han –en su ensayo “La expulsión de lo distinto”– afirma que “la política de lo bello es la política de la hospitalidad. La xenofobia es odio y es fea. Es la expresión de la falta de razón universal, un indicio de que la sociedad todavía se encuentra en un estado irreconciliado. El grado civilizatorio de una sociedad se puede medir justamente en función de su hospitalidad, es más, en función de su amabilidad. Reconciliación significa amabilidad.”

 

“No me diste agua para los pies…, no me diste el beso…, no ungiste mi cabeza con aceite” es lo que Jesús le va a reclamar a Simón el fariseo. Simón no se preocupa por hospedar ni por tratar amablemente al forastero que habita en Jesús. “Anduve como forastero, y me dieron alojamiento”, dirá Jesús agradeciendo por cada visitante recibido.

 

En la sociedad del miedo y del odio resulta urgente afirmar modelos de construcción que tengan que ver con hospedar al otro, ya que cuando este se extingue uno se ahoga en sí mismo.

 

No se puede construir el mundo sin la otra o el otro. El Jesús de los caminantes de Emaús nos anima a recibirnos, porque en ese encuentro vivimos la comunión más profunda y luminosa.

 

 

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina

 

Del desaliento y la tristeza a la alegría del testimonio

 

Los discípulos regresaron a su casa, pero María se quedó afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro, y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies.

― ¿Por qué lloras, mujer? —le preguntaron los ángeles.

― Es que se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto —les respondió.

Apenas dijo esto, volvió la mirada y allí vio a Jesús de pie, aunque no sabía que era él. Jesús le dijo:

― ¿Por qué lloras, mujer? ¿A quién buscas?

Ella, pensando que se trataba del que cuidaba el huerto, le dijo:

― Señor, si usted se lo ha llevado, dígame dónde lo ha puesto, y yo iré por él.

― María— le dijo Jesús.

Ella se volvió y exclamó:

― ¡Raboni! (que en arameo significa: Maestro).

― Suéltame, porque todavía no he vuelto al Padre. Ve más bien a mis hermanos y diles: “Vuelvo a mi Padre, que es Padre de ustedes; a mi Dios, que es Dios de ustedes”.

María Magdalena fue a darles la noticia a los discípulos. «¡He visto al Señor!», exclamaba, y les contaba lo que él le había dicho.

Evangelio de Juan 20.10-18.

 

Un viejo dicho de la cultura popular dice “me volvió el alma al cuerpo” con el significado del encuentro con aquello que se nos había perdido. Frente a un suceso muy fuerte, la vida queda como escindida, partida, sin sentido ante la falta de aquello que le daba razón de vivir. Ahora, cuando volvemos a respirar con alivio, decimos “me volvió el alma…”

 

María la de Magdala estaba absolutamente quebrada, con una profunda tristeza y buscando la vida en el lugar equivocado. Su carga era tan pesada que sólo podía mirar en el lugar de lo marchito. Buscaba un cuerpo, pero muerto.

 

¿Cómo encontrar o descubrir la vida en medio de tanta muerte? Todo parece indicar que ni siquiera se planteaba la búsqueda de la vida. Se encontraba atrapada en los tentáculos del miedo, la angustia, la desolación. No podía sino tan sólo llorar y llorar…

 

¿Cómo encontrar aquello que se ha perdido? ¿Cómo devolverle el alma al cuerpo?

 

Y acaso, ¿no es la pregunta en estos tiempos? En la perplejidad de ver cómo somos empujados hacia la telaraña del miedo, el desánimo, el escepticismo, la desesperanza, la falta de sentido. Ante esta realidad muchos sienten que “no se puede hacer nada”, cayendo así en un inmovilismo que se parece mucho a la muerte en vida.

 

Pero algo sucede con María la de Magdala. Una experiencia inusitada se apodera de ella: la del Resucitado, quien le llena con una esperanza viva. Dirá el teólogo y pastor Dietrich Bonhoeffer:

 

 “Sólo cuando se ama tanto la vida y la tierra, que con ella todo aparece acabado y perdido, nos está permitido creer en la resurrección de los muertos y en un nuevo mundo”.

 

A María alguien la conoce por su nombre. Y escuchando esta voz puede responder, darse cuenta y descubrir la presencia del Dios vivo en medio de su dolor. Este encuentro le va a permitir salir de su estado de desolación y de las ruinas circulares que la tienen atormentada y atrapada.

 

El reconocimiento de esta voz que la libera conlleva un llamado al seguimiento: ir en búsqueda de aquellos que se encuentran en la situación de la cual ella ha sido liberada. Es la llamada a salir de su situación de inmovilismo para ir al encuentro de los otros y otras…

 

María Magdalena se pone en marcha y da testimonio gozoso de su encuentro personal con el Señor: “Rabuni, Señor mío”. María va a corroborar que Dios gana visibilidad y presencia en el cuerpo resucitado de Jesucristo y esta experiencia profunda le dará nuevamente las ganas de vivir y reír.

 

Es esta experiencia transformadora la que ha de llevarnos al anuncio: comunicar dónde está la vida, la Buena Noticia: ¡El Señor Resucitó!

 

Esta esperanza de la Resurrección de los muertos exorciza todo proyecto de muerte. Es una invocación a la alegría y a la belleza, para luchar mejor por la vida nueva y plena. El poder de la Resurrección le ha abierto las puertas de par en par a los cuerpos. Rubén Alves se pregunta sobre esta realidad:

 

 “Pero ¿habrá algo más importante? ¿Habrá cosa más bella? Él es como un jardín, donde crecen flores y frutos… Crece la risa, la generosidad, la compasión, el deseo de luchar, la esperanza; la gana de plantar jardines, de gestar hijos, de darse las manos y pasear, de conocer…”

 

¡El Señor Resucitó! Y con ello los cuerpos se hacen semillas que fecundan la historia para que nazca el futuro. Que en estas pascuas reafirmemos como iglesia la vocación inquebrantable de ser testigos alegres de la vida que hay en Jesús. 

 

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina