Iglesia Evangélica Metodista de Martínez

Pastores: Arne Clausen y Marcelo Mondini.

Creemos en Jesús como Señor y Salvador.

 

Cartas Pastorales

“…Por la entrañable misericordia de nuestro Dios. La aurora nos visitó desde lo alto, para alumbrar a los que viven en tinieblas y en medio de sombras de muerte; para encaminarnos por la senda de la paz”       Evangelio de Lucas 1, 78 y 79 (RVR)

La foto del estado actual de nuestra sociedad nos lleva a afirmar, sin lugar a dudas, que se requiere una transformación profunda del ordenamiento vigente  de las cosas: una transformación ecológica, política, social, económica… y, no podemos negarlo, necesitamos también una urgente revolución del afecto y la ternura.

Vivimos un mundo muchas veces hostil y amenazante de toda la vida y de nuestra propia humanidad, que nos endurece y nos desintegra como sociedades del cuidado mutuo. Es imprescindible hacer foco en una teología de la ternura como afecto entrañable, ternura que nos abra a la vida de los otros y las otras personas que nos rodean, como lente y catalejo para mirar y comprender sus vidas y circunstancias.

Alojar la teología de la ternura es dar el justo lugar a la praxis del buen trato hacia las personas a la manera de Dios. Somos animados a vivir y poner en movimiento nuestra fe en la cotidianeidad de la vida, para influenciar las relaciones sociales, políticas, económicas teniendo a Jesús como modelo y paradigma indiscutible de la ternura y su necesaria práctica transformadora y liberadora.

La casa común requiere afecto y ternura. Sin esta misericordia entrañable, que nos visitó al alba, seguiremos mirando la aldea global sin buscar ni esperar de ella señales ricas en misericordia, solidaridad y humanidad y seguiremos indiferentes ante una multitud de personas que claman por protección, confianza y acogida.

Hoy la “gran parroquia” y en particular la humanidad excluida se constituyen en desafíos para la iglesia, para que su carta de presentación sea la ternura, la caricia, el arrullo de Dios. Frente a un mundo que padece de “olvido del ser”, la ternura –como respuesta a los grandes desafíos– es un paradigma de evangelización que debe ser defendido y sostenido.

Deseo enfatizar la necesidad de encontrar espacio y tiempo para el encuentro, en estas sociedades del desencuentro, de la incomunicación, de las asimetrías sociales escandalo-sas, de las más diversas discriminaciones. Una teología y su necesario correlato de una pastoral de la ternura, ofrecen una práctica restauradora en un sinfín de escenarios de rupturas dramáticas de sororidad, fraternidad y projimidad gestadoras de humanidad.

Esta ternura, caricia, arrullo de Dios –como práctica de los seguidores y seguidoras de Jesús– no tiene nada que ver con una ingenuidad de puros besos y abrazos. Es una ternura llena de amor  y mansedumbre, pero al mismo tiempo una práctica denunciante: una ternura como denuncia profética ante todo sistema de exclusión, segregación, estigmatización, intolerancia y culpabilización; ternura que llama y convoca a un mundo donde entren todas y todos, un hogar del encuentro, la confianza y la acogida.

Según el pedagogo José Martí: “Siendo tiernos, elaboramos la ternura que hemos de gozar nosotros. –Y sin pan se vive…, sin amor… ¡no!”

El amor ha de revestirse de afecto entrañable, cercanía, firmeza y fidelidad; expresando así toda su fuerza transformadora y humanizante.

En tal sentido afirma el Jesuita Quinzá Lleó, Xavier; “los evangelios son un testimonio de cómo amar, cómo vivir la relación con los demás abriendo espacios de intimidad, de ternura, de compasión: cómo cuidar a las personas amadas, cómo escuchar sus gemidos o secundar los deseos de su corazón, cómo nutrirse de su cercanía y de su confianza, cómo caminar en el amor hacia el Amor.”

“Mientras media humanidad muere de hambre de pan, media humanidad muere de hambre de abrazos”.  Eduardo Galeano

Hermandad, ¿estamos dispuestos a ser caricia y arrullo de Dios?

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina (Junio 2019)

El Evangelio de Lucas en su capítulo 24, del 13 en adelante, nos relata una de las más bellas historias de Pascua. Narra el alejamiento de dos discípulos desilusionados de la ciudad de Jerusalén, y decepcionados de la compañía de los seguidores de Jesús. Se alejan del lugar en el cual tuvo lugar una profunda decepción y se alejan de los otros desilusionados.

Caminan  como fracasados: todas sus expectativas se han caído con la muerte de Jesús. Ya no tiene sentido permanecer en Jerusalén. Todo se ha acabado. Habían creído encontrar el sentido de su vida en la persona a la que seguían, pero su muerte los sumergió en el sinsentido y el vacío. Sus esperanzas políticas y mesiánicas se esfumaron y por ello caminan tristes y abatidos en busca de la pobre seguridad de su hogar. No vale la pena la comunión con los dispersos y desesperanzados.

Emaús se nos ofrece como paradigma de encuentro con el Resucitado. Agustín en uno  de sus sermones lo define con gran claridad:

“Habían perdido la fe y la esperanza. Muertos ellos, caminaban con el vivo; los muertos caminaban con la vida misma. La vida caminaba con ellos, pero en sus corazones aún no residía la vida. Y tú, si quieres la vida, haz lo que ellos hicieron para reconocer al Señor. Lo recibieron como huésped. El Señor tenía el aspecto de un viajero que iba lejos, pero lo retuvieron… Retén al forastero si quieres reconocer al Salvador. Lo que la duda había hecho perder, lo devuelve la hospitalidad. El Señor ha manifestado su presencia al partir el pan.”

Mira, todos somos peregrinos de Emaús,
somos todos los hombres que luchan en la oscuridad de la noche,
llenos de dudas después de los días malos.
Nosotros también somos los de los corazones cobardes.
Ven sobre nuestro camino, abrásanos el corazón a nosotros también.
Entra con nosotros a sentarte junto a nuestro fuego…
Y que exultando de alegría triunfal, a nuestra vez,
nos levantemos para saltar y revelar.

Abbe Pierre

Aquí salta el gran mensaje de consuelo en esta historia: “Y entró a quedarse con ellos”. Según Lucas aquí radica  el sentido de la resurrección: el Resucitado camina a nuestro lado en nuestro peregrinar, y donde hagamos un alto en el camino, comerá con nosotros. Y nuestros ojos se abrirán para reconocerle como compañero del camino. Sus palabras y gestos despertarán en nosotros la esperanza perdida.  Esperanza que se nos cae tantas veces, como tan bien lo describe Eduardo Galeano:

“Soy un hombre de esperanzas, pero a partir de mucha desesperanza; y la esperanza y desesperanza se me cae y levanta varias veces al día. Si uno está vivo, nace y muere varias veces al día. Y en todo caso, creo que merece la pena estar vivo y que el mundo puede cambiar”.

En torno a la mesa y el pan compartido, es que los ojos se abrirán a la verdadera realidad liberadora y a nuevos horizontes esperanzadores. El resucitado va a hacer arder nuestra fe en la hermandad y la comunión que se forja alrededor de un pan roto y compartido.

Oramos para que los cuerpos rotos, desharrapados y marginados esparcidos por los caminos de nuestra historia abran nuestra vida, nos quemen y conmuevan, movilizándonos a ser una iglesia que hospeda, solidaria, sororal y fraterna, igual a nuestro Señor Resucitado, que se queda cuando la noche llega:

Quédate con nosotros, Señor de la esperanza,
el mundo que tú amas hoy lucha por vivir.
Y aunque a veces dudamos de tu presencia en casa,
no dejes que la noche nos sorprenda sin ti.

Y porque ya anochece, quédate con nosotros,
no dejes que la noche nos sorprenda sin ti. 

(C. Vaneziale./ J.C. Maddío)

Que en este tiempo de Pascua de Resurrección, nuestros ojos sean abiertos y pasemos del desencanto al entusiasmo, a la alegría del triunfo del amor de Jesús, sobre todo proyecto de muerte e inhumanidad. ¡El Señor resucitó! ¡Verdaderamente ha resucitado!

 

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina (Abril 2019)

Me han estremecido mujeres…, mujeres de fuego, mujeres de nieve (De una canción de Silvio Rodríguez).

El Día Internacional de la Mujer fue instituido en 1975 por las Naciones Unidas, en homenaje a las 129 obreras textiles que el 8 de marzo de 1908 murieron carbonizadas en Nueva York, cuando el dueño de una fábrica dictaminó incendiar el edificio antes que aceptar reclamos laborales. Y cada año se celebra, se reflexiona, se manifiesta en una jornada más de defensa de los derechos femeninos y de conquistas obtenidas en contra de la discriminación y de la violencia contra la mujer.

 ¡111 años de aquel 8 de marzo de 1908, 129 mujeres luchando por sus derechos, 129 mujeres carbonizadas, hace 111 años! En todo este tiempo muchas cosas han cambiado, con grandes e impensados adelantos en ciencia y tecnología pero, lamentablemente, quedan muchas sendas por transitar en lo que tiene que ver con las relaciones de poder, en donde la violencia contra la mujer es una marca siniestra, que evidencia la estructura perversa de la sociedad patriarcal.

Conmemorar un nuevo 8 de marzo ha de ser una convocatoria a la reivindicación y la denuncia, a conmoverse e indignarse en busca de un tiempo más justo. Sabernos parte de una historia y memoria de luchas obreras, sociales y políticas en las que mujeres valientes y combativas no se resignaron ante la injusticia, la discriminación, el prejuicio, las negaciones y violaciones, debe animarnos para avanzar hacia un futuro superador, en donde la práctica de la justicia y la experiencia cotidiana de la gracia sean las expresiones de vivir según el Espíritu.

 “Creo en la resurrección y la vida eterna…”

 Elsa Tamez, biblista y teóloga, ilumina y enfatiza que es vital marcar la resurrección de los cuerpos para romper con el dualismo patriarcal y maléfico que desprecia la materia y la emoción:

 “Tener fe implica creer que Dios resucita el cuerpo de la víctima inocente crucificada, condenada por la ley que hace funcionar la sociedad patriarcal. El cuerpo del crucificado es actualizado por los cuerpos de las mujeres golpeadas, violadas, torturadas. No se actualiza para legitimar la victimización, sino para solidarizarse con la víctima y resucitarla.”

 Que en esta conmemoración del Día Internacional de la Mujer nos afirmemos en la urgencia de la espiritualidad encarnada y profética de Jesús de Nazaret, que nos ayude a afirmar la vida en todos sus sentidos y dimensiones. Y en la urgencia por un tiempo en que los sueños de paz, justicia, unidad y verdad se hagan tangibles y concretos. Al decir del cantautor español Luis Guitarra, es necesario un proceso de des/aprendizaje:

“Desconvocar el odio,
desestimar la ira,
rehusar usar la fuerza,
rodearse de caricias.
Reabrir todas las puertas,
sitiar cada mentira,
pactar sin condiciones,
rendirse a la Justicia.”

 Solo la gracia de Dios ofrece espacios de libertad para convivir y celebrar la vida, espacios donde la inclusión de la diversidad interrumpe los mecanismos y lógicas de dominación y opresión. La gracia de Dios hace posible la vida plena y abundante, crea nuevas relaciones interhumanas orientadas por la gracia, nunca más por la dominación y la violencia. Solo la gracia de Dios puede afirmar con fe y coraje la vivificación de los cuerpos sufrientes de las mujeres desde ahora.

Hermanos, necesitamos dejar de ser el “Caín” de las demás y los demás, porque ser hermanos y hermanas de verdad es la única metáfora posible disponible para sobrevivir.

“No seamos como Caín, que mató a su hermano. Nosotros hemos pasado de la muerte a la vida, y lo sabemos porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama, aún está muerto… Conocemos lo que es el amor porque Jesucristo dio su vida por nosotros; así también, nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos, por nuestras hermanas”…

(De la primera Carta de Juan el apóstol, 3.12,14,16.)

Hermanas, lo más valioso de nuestros cuerpos es su capacidad de creer, de vivir, de aprender, de enseñar, de amar y de reencontrarnos a nosotros mismos y junto a los otros y las otras en la vida.

Hermandad querida, me despido con un pensamiento de Elsa Tamez:

Quiero imaginar la paz en nuestro mundo y nuestra casa como la corola de una flor que despide un olor a Dios. Olor que lleva a discernir su presencia en cada cosa creada, ya sea por Dios o por los humanos. Esto sería como el fin de toda violencia de humanos contra humanos y de humanos contra la naturaleza. Porque así como no puedo asir, agarrar con mis manos el olor para apoderarme de él, así tampoco puedo dominar a las personas y los pueblos: su olor a Dios me detiene. Es un olor de paz, de reconciliación, porque se respeta el olor de Dios en el otro.

 

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina

“Él es el eterno Niño, el Dios que faltaba; el divino que sonríe y que juega; el niño tan humano que es divino”
F. Pessoa

 Con el nacimiento de la Iglesia Imperial en el siglo IV surge también la cristianización de la fiesta romana al Sol Invictus. El emperador Constantino, gran estratega unificador del imperio, promueve el cambio de la fiesta que se conmemoraba del 22 al 25 de diciembre en honor al regreso del Dios sol después de varios días invernales de oscuridad. El nacimiento del solsticio romano se transformaba en metáfora del nacimiento de Jesús: “Sol de justicia que traerá salvación”.

 La navidad nos informa que Dios se encarnó para ser Sol de justicia que nos traería salvación, para traernos alegría, esperanza, fe, paz, amor. Pero no debemos perder de vista el poder transformador de ese acontecimiento, para no quedar tan solo con el relato de lo sucedido.

“Cuando se manifestaron la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador, él nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia, sino por su misericordia”.
Carta a Tito 3:4-5

 En estos tiempos de desencuentro y confusión, cuando los valores éticos y solidarios parecen juegos ingenuos, cuando el cristianismo es más entendido como adoración cultural o entronización mística, resulta clave fortalecer una vinculación auténtica con el rostro misericordioso de Dios en Jesús y su papel transformador de la vida.

 El teólogo Suizo Hans Küng comenta sobre la NAVIDAD: “Se es cristiano cuando se apunta el compromiso humilde en favor del prójimo, a la solidaridad con los desheredados, a la lucha contra las estructuras injustas; disposiciones de gratitud, de libertad, de generosidad, de abnegación, de alegría, como también de indulgencia perdón y servicio…”

 ¡A vivenciar y experimentar la Navidad como fuerza liberadora para una misión en el mundo, con el Espíritu del Señor realidad presente aquí y ahora! ¡Abrir los brazos para acoger, proteger, promover e integrar! ¡Hospedar, que es abrazar, acoger, acompañar, hacer sentir a la otra y al otro que no está sola, que no está solo!

 Recuerdo, al escribir, el breve relato del gran Eduardo Galeano, “Nochebuena”:

Fernando Silva dirige el hospital de niños, en Managua.

En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar. Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón: se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba detrás. En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.

Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:

–Decíle a… –susurró el niño–. Decíle a alguien, que yo estoy aquí.

    De El libro de los abrazos

 Navidad es el misterio de Dios que se vuelve humano, demasiado humano. Se convierte en carne para habitar el nosotros vulnerable, piel y venas, sangre y respiración, pies descalzos y el corazón desnudo.

 

Todo niño quiere ser hombre.
Todo hombre quiere ser rey.
Todo rey quiere ser ‘dios’.
Solo Dios quiso ser niño.

 

Que haya alegría por la llegada de un Dios profundamente humano que decide acampar entre nosotros. Salgamos confiados a su encuentro y abrámonos confiados a su gracia.

¡En el rostro del niño la aurora de la humanidad!

Celebremos que Dios irrumpe en medio de la vida para nuestro bien.

 

 

 Pastor Américo Jara Reyes
Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina

“Vayan y aprendan lo que significa “Misericordia quiero, y no sacrificio”
                                                     Del Evangelio de Mateo 9:13 (RVC)

  

A 501 años de la reforma protestante…

 

Al pensar en la Reforma Protestante y en su impacto se suelen señalar las 95 tesis y otros temas abordados por Martin Lutero. Nosotros queremos subrayar su pregunta: ¿Cuándo encontraré un Dios misericordioso?  Porque eso lo inquietaba en la profundidad de su vida y  se convertiría en el impulso que iba a  sostener toda su  obra. Esta es la interrogante que surge de su experiencia personal en la búsqueda de un Dios generoso,  tamizando toda su mirada y todas sus proclamas.

 En el sustrato de la Reforma descubrimos que el corazón de Dios es la bondad, la misericordia y la gracia. Y no un Dios juez  pesando en su balanza las virtudes humanas.

 La convicción de que Dios es amor se impondrá para enfrentarse a la teología nominalista y escolástica de la época, rígida y dogmática.  Y va a poner de manifiesto la trascendencia de la gratuidad, de la gracia, en la relación con Dios.

Juan Calvino desde Ginebra afirmará que lo que realmente importa es presenciar el rostro bondadoso de Dios: “Si tenemos la menor chispa de la luz de Dios, que nos descubre su misericordia, somos suficientemente iluminados para tener una firme seguridad”.

 Para el protestantismo, la relación con la misericordia de Dios es fundante de una experiencia de liberación y reconciliación. A partir de aquí -y fruto de la acción del Espíritu- la misericordia tendrá su correlato en el compromiso con una época en la búsqueda de una ética de igualdad, justicia y paz.

Repensar la Reforma hoy como un proceso abierto es una invitación a una reforma permanente, que mira críticamente al igual que antaño la integralidad de la vida en todas sus dimensiones constitutivas.

Hoy los paradigmas de la modernidad y de la posmodernidad están en crisis, y lo que reflejan es la crisis de un tipo de civilización. Se nos impone y tenemos que trabajar una nueva visión del ser humano, del mundo y de Dios.

Necesitamos comprometernos con la misericordia de Dios, para no ser cómplices de ningún tipo de atrocidad ante los migrantes y refugiados, ante la exclusión social o ante todo tipos de discriminación, frutos de una lógica de construcción que sigue perdiendo todo rostro de humanidad.

Lutero encontró al Dios de la misericordia, hizo de Él su bandera en el compromiso por la libertad, y por eso fue muy crítico de la especulación financiera, del endeudamiento como sistema de dependencia y del abuso en el intercambio comercial.

La reforma protestante se sigue abriendo paso como un proceso en marcha, no acabado. ¡Que Dios nos bendiga en este largo y desafiante camino que tenemos para transitar en nuestra América Latina!

Para reformar hay que protestar, protestar desde los postulados del Evangelio. ¡Que Dios nos fortalezca en esta protesta por la vida, por la gracia de Dios, por la libertad  y por la dignidad de todo ser humano!

¡Y que el Espíritu de Jesús nos conceda entrañas de misericordia, que nos desinstalen de nuestras comodidades y nos animen a trabajar por un mundo más justo e igualitario para nuestros pueblos! ¡Y volvamos a creer en lo transformador de la ternura y del amor!  Que así sea, amén.

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina

“Si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos vive en ustedes, el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que vive en ustedes.”
                                                   Carta a los Romanos 8:11, Nueva Versión Internacional

  

El Espíritu habita los cuerpos y hace habitable los espacios con una nueva luminosidad. Cuerpos diversos y contradictorios, bellos y frágiles, sanos y enfermos son visitados por el Espíritu de vida. Esta vida la llevamos en ollas  de barro para mostrar que este tesoro tan grande viene de Dios y no de nosotros, como nos recuerda el Apóstol en una de sus cartas. [1]

Somos cuerpos y en él vivenciamos el dolor, la alegría y el disciplinamiento, el placer, el hambre y la sed; el cuerpo es nuestro ámbito de maldición o bendición. La teóloga brasileña Ivone Gebara afirma que “el cuerpo es el punto de partida de la teología.”

Es en nuestro cuerpo donde reproducimos el modelo de construcción social tantas veces piramidal y jerárquico, donde hay cuerpos que valen más que otros, donde algunos son menos valiosos, prescindibles o descartables.

La iglesia que hace misión vive en su cuerpo el poder del Espíritu de Dios que trae vida, ¡y vida en abundancia!  Y al ser habitados por el Espíritu de Dios descubrimos  un cuerpo muchas veces domesticado y castigado, con historias de libertad y de abrazo, de sufrimiento y de dolor.

La vida recibida del mismísimo Dios de Jesucristo provoca un acto de liberación en  nosotros, haciendo posible habitar un nuevo tiempo y un nuevo proyecto de fe y de esperanza, de plenitud y alegría para estos cuerpos mortales.

Vivir en el poder del Espíritu, en el Espíritu de Jesús, es vivenciar una fuerza de vida que nos humaniza. De modo que la vida se hace placentera y llena de energía, haciéndonos sentir, pensar, actuar  y hablar desde Dios y desde su proyecto: el reino se ha acercado, el Reino de Dios está entre nosotros,[2] entre nuestros cuerpos.

Vivir en conformidad con el Espíritu es descubrir en nosotros al Dios que realiza lo que la ley de preceptos y mandamientos no pudo realizar: dar nueva vida a nuestros cuerpos y hacerlo en abundancia. El Espíritu Santo sopla para que Cristo sea formado y conformado en los creyentes [3]. El Espíritu que habita en nosotros hace impotentes los propios deseos negativos de la existencia anterior, que tienden a la muerte.

Dios quiere renovarnos a su imagen –la imagen  de un Dios santo y amoroso–, y esta renovación abarca nuestra comprensión de Dios y nuestra práctica de la fe, así como la realidad espiritual de la presencia transformadora de Dios en nuestras vidas. El resucitado transforma hasta lo más inalcanzable, llegando a ser nuestros cuerpos “ofrenda viva, santa y agradable a Dios” [4].

El Espíritu de Jesús hace posible “hacer de la interrupción un camino nuevo, hacer de la caída un paso de danza, del miedo, una escalera, del sueño, un puente, de la búsqueda…, un encuentro”. [5]  ¡Sí, un encuentro con el Dios de la vida!

Hermandad  y pueblo amado, afirmemos nuestras espaldas agobiadas,  elevando al Señor corazones y cuerpos, declarando una vez más que lo mejor de todo es que Dios está con nosotros.

 

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina

  

[1] 2 Corintios 4:7.
[2] Lucas 17:9, 21.
[3] Gálatas 4:19.
[4] Romanos 12:2
[5] Fragmento de Fernando Pessoa.

“Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.”

Evangelio de Lucas 16:13.

Muchas son las voces que se levantan para afirmar que el estilo de vida globalizado actualmente vigente ha entrado en crisis. El paradigma que guía a la actual civilización es el paradigma de la acumulación y la conquista, y ha llegado a su fin.

Según la ONG Oxfam Intermon, desde el año 2015 el 1% más rico de la población mundial, posee más riqueza que el resto del planeta. Y también afirma que en la actualidad ocho personas (ocho hombres, en realidad) poseen la misma riqueza que 3.600 millones de personas, es decir media humanidad.

Todo está teñido por un modelo de economía globalizada, de acumulación ilimitada y de conquista agresiva en beneficio de las personas más ricas. Las grandes empresas son implacables, reduciendo los costos de mano de obra en todo el mundo, incrementando así la desigualdad.

El Consejo Mundial de Iglesias, en su documento Juntos por la vida afirma: “Vivimos en un mundo en el que la fe en Mamón, el rey dinero, amenaza la credibilidad del Evangelio. La ideología del mercado difunde la creencia de que el mercado global salvará al mundo mediante un crecimiento ilimitado. Este mito es una amenaza no solo para la vida económica sino también para la vida espiritual de las personas, aunque no sólo la vida de la humanidad sino también de toda la creación...”

Este modelo es caracterizado de modo sencillo y profundo en el libro El Principito. “El hombre de negocios contaba estrellas y el Principito le preguntó:

—     ¿Y para qué te sirve poseer las estrellas?

—     Me sirve para ser rico.

—     ¿Y para qué te sirve ser rico?

—     Para comprar otras estrellas, si alguien las encuentra.”

El gobierno del hombre por el capital, el gobierno del corazón humano por la faz económica, queda perfectamente graficado en el diálogo del Principito. La globalización económica ha reemplazado al Dios de la vida por el dios dinero, generando miseria y sufrimiento al ser humano y a la tierra toda.

Somos desafiados a alejarnos de la injusticia creando espacios de solidaridad, justicia, comunión y ternura. Recuperar la fuerza del corazón, que es el deseo profundo de transitar caminos y horizontes de vida plena como respuesta fiel al llamado de Dios.

Quien es atrapado por este amor supera limitaciones y faltas de camino. Y es habitado por la fuerza tierna del Espíritu comprendiendo la dimensión profética de la justicia y el amor de Dios.

Estamos frente a un siglo en extremo contradictorio, inseguro y crítico. Tiempo en que debemos elegir un nuevo horizonte de vida. Elegir a Dios con dulzura, alegría y esperanza frente al dios del mercado,  es la propuesta del Evangelio de Jesús.

Desde Jesús, tenemos y proponemos una nueva visión del ser humano, del mundo y de Dios. Y la vemos más allá de las olas de esta crisis civilizatoria en la que estamos inmersos y que tiene dimensiones económicas, sociales, ambientales, políticas, de valores, sin precedentes en nuestra historia.

Hay esperanza de otro mundo posible, y estos versos del poema “Atrapados” de Don Federico Pagura nos ayudan a afirmar que se puede romper el encierro poniendo en práctica el anuncio del profeta Miqueas.

 

¡Ay qué será del mundo, Señor,

en estas horas

y en los tiempos futuros, Señor,

que se avisoran!

¿Abrirá sus oídos

la humanidad presente

para escuchar las notas

de tu amor que no miente,

y que dice en el grito

de antigua profecía:

“Ya te lo ha dicho Dios, una y mil veces,

hombre y mujer, sus hijos, los humanos,

lo que quiere de ustedes, simplemente,

es que hagan justicia a sus hermanos,

que sean fieles a pobres y afligidos

y que al Creador escuchen y obedezcan

con amor no fingido, humildemente”?

 

Amada hermandad, vamos, que el aliento vivificador del Espíritu nos sostiene para poner fin a la violencia, la indiferencia, el individualismo y a un modelo de acumulación y concentración voraz de los recursos de la humanidad.

 El aliento vivificador del Espíritu de Dios nos impulsa para ser caminantes de paz y solidaridad, comunitariamente y compartiendo siempre el pan de la mesa y el pan del amor.

 

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina

 

 

“Sean hospitalarios los unos para con los otros, sin murmuraciones”
Primera carta de Pedro 4:9

 La palabra griega “hospitalidad” (philoxenon) no indica el amor por los extraños o extranjeros en sí mismos, sino poder disfrutar de la relación huésped/anfitrión. El placer de dar y recibir de quienes participan del intercambio se fortalece en la esperanza de que Dios mismo está en medio de la relación de hospitalidad.

Darse uno mismo al cuidado del pueblo de Dios significa compartir la vida del hogar con otros. Un hogar abierto es señal de un corazón abierto y de un espíritu amoroso. De alguna manera la hospitalidad está reñida con la xenofobia, el odio a la persona extranjera y al que es diferente.

Construir comunidades hospitalarias es un gran desafío en el presente tiempo, en un mundo violento, frío y calculador. Levantar comunidades que hospeden, que creen un espacio seguro y acogedor en donde descubrir la humanidad, la dignidad, la ternura y la alegría. Con ello creamos oportunidades para las relaciones es vital y por ello es resistir y no acomodarse al tiempo presente.

El tema de la hospitalidad resulta crucial para la vida de cualquier iglesia, pero con mucha frecuencia entra en crisis cuando la hospitalidad que profesamos requiere la inclusión de quienes son de afuera, extraños o diferentes.

Byung-Chul Han –en su ensayo “La expulsión de lo distinto”– afirma que “la política de lo bello es la política de la hospitalidad. La xenofobia es odio y es fea. Es la expresión de la falta de razón universal, un indicio de que la sociedad todavía se encuentra en un estado irreconciliado. El grado civilizatorio de una sociedad se puede medir justamente en función de su hospitalidad, es más, en función de su amabilidad. Reconciliación significa amabilidad.”

“No me diste agua para los pies…, no me diste el beso…, no ungiste mi cabeza con aceite” es lo que Jesús le va a reclamar a Simón el fariseo. Simón no se preocupa por hospedar ni por tratar amablemente al forastero que habita en Jesús. “Anduve como forastero, y me dieron alojamiento”, dirá Jesús agradeciendo por cada visitante recibido.

En la sociedad del miedo y del odio resulta urgente afirmar modelos de construcción que tengan que ver con hospedar al otro, ya que cuando este se extingue uno se ahoga en sí mismo.

No se puede construir el mundo sin la otra o el otro. El Jesús de los caminantes de Emaús nos anima a recibirnos, porque en ese encuentro vivimos la comunión más profunda y luminosa.

 

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina

 

 

Del desaliento y la tristeza a la alegría del testimonio

Los discípulos regresaron a su casa, pero María se quedó afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro, y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies.

― ¿Por qué lloras, mujer? —le preguntaron los ángeles.

― Es que se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto —les respondió.

Apenas dijo esto, volvió la mirada y allí vio a Jesús de pie, aunque no sabía que era él. Jesús le dijo:

― ¿Por qué lloras, mujer? ¿A quién buscas?

Ella, pensando que se trataba del que cuidaba el huerto, le dijo:

― Señor, si usted se lo ha llevado, dígame dónde lo ha puesto, y yo iré por él.

― María— le dijo Jesús.

Ella se volvió y exclamó:

― ¡Raboni! (que en arameo significa: Maestro).

― Suéltame, porque todavía no he vuelto al Padre. Ve más bien a mis hermanos y diles: “Vuelvo a mi Padre, que es Padre de ustedes; a mi Dios, que es Dios de ustedes”.

María Magdalena fue a darles la noticia a los discípulos. «¡He visto al Señor!», exclamaba, y les contaba lo que él le había dicho.

Evangelio de Juan 20.10-18.

Un viejo dicho de la cultura popular dice “me volvió el alma al cuerpo” con el significado del encuentro con aquello que se nos había perdido. Frente a un suceso muy fuerte, la vida queda como escindida, partida, sin sentido ante la falta de aquello que le daba razón de vivir. Ahora, cuando volvemos a respirar con alivio, decimos “me volvió el alma…”

María la de Magdala estaba absolutamente quebrada, con una profunda tristeza y buscando la vida en el lugar equivocado. Su carga era tan pesada que sólo podía mirar en el lugar de lo marchito. Buscaba un cuerpo, pero muerto.

¿Cómo encontrar o descubrir la vida en medio de tanta muerte? Todo parece indicar que ni siquiera se planteaba la búsqueda de la vida. Se encontraba atrapada en los tentáculos del miedo, la angustia, la desolación. No podía sino tan sólo llorar y llorar…

¿Cómo encontrar aquello que se ha perdido? ¿Cómo devolverle el alma al cuerpo?

Y acaso, ¿no es la pregunta en estos tiempos? En la perplejidad de ver cómo somos empujados hacia la telaraña del miedo, el desánimo, el escepticismo, la desesperanza, la falta de sentido. Ante esta realidad muchos sienten que “no se puede hacer nada”, cayendo así en un inmovilismo que se parece mucho a la muerte en vida.

Pero algo sucede con María la de Magdala. Una experiencia inusitada se apodera de ella: la del Resucitado, quien le llena con una esperanza viva. Dirá el teólogo y pastor Dietrich Bonhoeffer:

 “Sólo cuando se ama tanto la vida y la tierra, que con ella todo aparece acabado y perdido, nos está permitido creer en la resurrección de los muertos y en un nuevo mundo”.

A María alguien la conoce por su nombre. Y escuchando esta voz puede responder, darse cuenta y descubrir la presencia del Dios vivo en medio de su dolor. Este encuentro le va a permitir salir de su estado de desolación y de las ruinas circulares que la tienen atormentada y atrapada.

El reconocimiento de esta voz que la libera conlleva un llamado al seguimiento: ir en búsqueda de aquellos que se encuentran en la situación de la cual ella ha sido liberada. Es la llamada a salir de su situación de inmovilismo para ir al encuentro de los otros y otras…

María Magdalena se pone en marcha y da testimonio gozoso de su encuentro personal con el Señor: “Rabuni, Señor mío”. María va a corroborar que Dios gana visibilidad y presencia en el cuerpo resucitado de Jesucristo y esta experiencia profunda le dará nuevamente las ganas de vivir y reír.

Es esta experiencia transformadora la que ha de llevarnos al anuncio: comunicar dónde está la vida, la Buena Noticia: ¡El Señor Resucitó!

Esta esperanza de la Resurrección de los muertos exorciza todo proyecto de muerte. Es una invocación a la alegría y a la belleza, para luchar mejor por la vida nueva y plena. El poder de la Resurrección le ha abierto las puertas de par en par a los cuerpos. Rubén Alves se pregunta sobre esta realidad:

“Pero ¿habrá algo más importante? ¿Habrá cosa más bella? Él es como un jardín, donde crecen flores y frutos… Crece la risa, la generosidad, la compasión, el deseo de luchar, la esperanza; la gana de plantar jardines, de gestar hijos, de darse las manos y pasear, de conocer…”

¡El Señor Resucitó! Y con ello los cuerpos se hacen semillas que fecundan la historia para que nazca el futuro. Que en estas pascuas reafirmemos como iglesia la vocación inquebrantable de ser testigos alegres de la vida que hay en Jesús. 

 

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina